viernes, 31 de julio de 2020

LIMBO

Hubo un tiempo en el cual pensaba que morir era algo trivial. También hubo un tiempo en el que pensé que morir era lo peor que podía ocurrir. Como decía mi madre <<Todo tiene solución en esta vida menos la muerte>>. Lo que ella no lograba comprender es que la muerte podía ser en sí una solución, y aquí entran en juego esas efímeras ocasiones en las que pensaba que morir era lo mejor que podía ocurrirme.
¿Por qué sigues aquí? Quien sigue lo hace por una de estas dos razones: la primera es porque quiere, la segunda es porque no se atreve a quitarse la vida. La paradoja que envuelve a los que optan por la segunda es cíclica, puesto que continúan viviendo sin querer, por cobardía y por valentía de forma simultánea. 

Aquel uno de agosto fue el día en que busqué morir, pero como sabía que no conseguía cortarme las venas de las muñecas ya que apenas conseguía unos cicatrices de rasgar la piel y algo más allá, necesitaba a alguien que pusiese fin a mis días. 
El plan consistía simplemente en salir con la bicicleta sobre las cinco de la tarde. Aunque hacía mucho calor, primero me dirigí a una parte poco transitada del río de mi ciudad. Allí se respiraba aire fresco y había árboles típicos del bosque de ribera. Aquel lugar había sido visitado años atrás por la gente que buscaba emborracharse y colocarse con el fresco de la noche en verano, y con el frío congelador en invierno. 
Dejé la bicicleta debajo del Puente Romano, en uno de sus ojos más alejados. Recorrí todo el puente y las islillas que rodeaban al puente. A veces había incluso que saltar. Tras cuarenta y cinco minutos volví al ojo dónde estaba mi bicicleta. Emprendí la marcha y me dirigí a la orilla este del río. Seguí el camino hasta que pudiese continuar al lado del río. Sabía que cerca de un pueblo la gente solía beber, emborracharse en la orilla del río, así que me senté a esperar. Dejé pasar las horas hasta que se hizo de noche. Apagué el teléfono. Sé que era cruel preocupar a quien me quería y se preocupaba de mí, pero a veces hacemos daño y sacrificamos lo que se ama si se busca un objetivo, independientemente del que sea.

Los motivos por los cuales yo quería desaparecer son vulgares e intrascendentes. Ante la vista de cualquier persona serían calificados de tal forma, por eso quizá no hubiese dejado una nota si hubiese tenido las agallas de cortarme las venas o ahorcarme. Las razones son insignificantes y nunca son comprendidas, puesto que la gente no comprende el estado de cansancio mental en que alguien que quiere perder la vida se halla. Es un estado mental agotador, en el cual nada alienta tus fuerzas ni física ni psicológicamente. No llegan a comprender ese estado e incluso yo misma en varias ocasiones no he querido llegar a comprenderlo porque hipócritamente sabía que estaba bien. Pero ahora y desde hace unos años sí lo comprendía. Al fin y al cabo, todos vamos a morir me repetía a mí misma. 

Mentiría si dijese que tenía pensamientos sobre algo o alguien en aquellas horas que estuve esperando. Me encontraba en una burbuja desde el día anterior, en el que no había parado de llorar ni una sóla hora. Me sentía como si estuviese hipnotizada o drogada bajo los efectos de alguna sustancia opiácea, realizando movimientos automáticos. Aún tenía los ojos rojos y los párpados hinchados. De repente, recordé algo que escuché a mi madre decir el día anterior mientras hablaba por teléfono <<...y esa es nuestra vida.>>. A medida que oscurecía los sonidos cambiaban y todo tornó a un color azul grisáceo, verde oscuro y negro. Debían de ser las nueve de la noche. Faltaba poco. Las bandadas de pájaros graznaban en los árboles. Lo único de lo que me arrepentía era no haber llegado a ser una escritora, o una guionista. Alguien que pudiese conectar con sus semejantes a través del lenguaje escrito o visual, ya que había fracasado en conectar de forma verbal con cualquier ser humano. Siempre había sido un desastre en ese aspecto.

Puedo confirmar que tras una semana del despliegue de operativos de búsqueda, me encontraron en la margen derecha del río, dos pueblos más arriba, dirección noreste. Mi cuerpo estaba semidesnudo, hinchado por el agua, en parte devorado por las criaturas habitantes del río, flotando boca arriba. Presentaba contusiones fuertes en brazos, pecho y piernas. También un fuerte golpe en la sien. Mis ojos estaban vidriosos apuntando hacia el cielo fijamente. Mi pelo podrido por completo, había tornado a un color negro verdoso. Cuando me examinaron al sacarme de la orilla pudieron ver que había sido violada vaginal y analmente antes y después de mi fallecimiento.

No en balde me había dirigido a aquel lugar una semana antes. Necesitaba que alguien hiciese el trabajo sucio que yo no me atrevía a realizar. Fue así. Sabía que provocando o insultando a cualquier hombre borracho de los que se juntaban en aquel lugar por las noches tenía una amplia posibilidad de  acabar siendo asesinada. Sabía la clase de personas que iban a ese lugar. Fue capturado semana y media después de hallar mi cuerpo. Casi hasta lo sentía por el pobre diablo. No sabía que había sido utilizado.

Debo de ser sincera y confesar que no recuerdo si sufrí mientras era violada, agredida y asesinada. No lo recuerdo, quizá porque no me concentré en el sufrimiento. Lo único que sabía es que había sido todo un éxito mi plan. Tampoco me preocupé por saber si aquellos que me querían habían sufrido. No quería sentirme culpable. Sé que es egoísta, pero finalmente donde me hallo ahora no hay nada. No estoy ni en el cielo por mártir, ni en el infierno por mala persona. Si, exacto, ¿cómo puede ser? Porque era yo quien buscaba morir. La intención sigue siendo lo que cuenta más allá de la vida terrenal y fui yo quien quiso desaparecer, sin importar qué o quién lo llevase a cabo. Si me hubiese tirado desde lo alto de un edificio, sería la gravedad quien me hubiese ayudado. Si hubiese decidido ahogarme, sería el agua quien invadiría  mis vías respiratorias impidiéndome respirar. Si hubiese decidido morir de sobredosis por heroína sería la droga lo que finalmente acabaría conmigo. Pero en todas estas situaciones, al igual que lo fue en la mía, buscaba la ayuda de un agente externo para morir. Buscaba un brazo ejecutor.

No sé cuánto tiempo estaré aquí o si siquiera podría afirmar que estoy. Aquí no se puede asegurar que haya oscuridad porque implicaría la existencia de "algo". No sé si existo o no existo. No sé si sólo habita mi conciencia o si no. No sé nada, sólo sé que así es el limbo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario