lunes, 30 de enero de 2017

MORIA

Moria es ese pequeño reflejo del cual nunca debo de estar preocupada. Él siempre me obedece y jamás he sentido por parte de él  un insignificante anhelo de revelarse contra mi persona. 
Estaba ya cerca de los 30 cuando decidí crear a Moria. Ya tenía algo de idea de su aspecto mucho antes, pero por aquel entonces, crear a Moria sólo era un pensamiento vago en mi mente. Había dibujado su rostro un año y medio atrás gracias a una foto que vi curioseando por la red. Parecía algo escalofriante, pero cuando observé bien aquel rostro, comprendí que estaba lleno de ternura e inocencia. Me había basado en un "Dios Olvidado", pero no en uno cualquiera, sino en un pequeño príncipe que se alimentaba de humanos. Era la única manera de subsistir que los "Dioses Olvidados" tenían de por vida.

También leí acerca de una princesa (un "Dios Olvidado") que una vez se había enamorado de un humano, de un samurai. El joven samurai se enamoró de ella en cuanto la vio por primera vez. Lo mismo ocurrió con ella. Así que tras mantener su amor a escondidas durante  cierto tiempo, decidieron fugarse. La historia no terminaba muy bien. Era triste, pero consiguieron estar juntos por la eternidad. 
Todos estos pensamientos me ayudaron a crear a Moria, por lo tanto todo lo que evocaba aquella historia, así como aquel rostro, estaba contenido en Moria. Debo de decir que la primera vez que se hizo corpóreo y tomó forma humana, no pude resistirme a abrazarle. Se me llenaron los ojos de lágrimas. Fijé mi vista en cada recóndita parte de su rostro blanco y ovalado, su pequeña nariz y sus labios palidos, pequeños y finos. Sus ojos eran de un color violeta casi transparente y su pelo negro como el azabache. Tenía la apariencia y la estatura de un niño de 8 o 9 años de edad. Él sólo dirigía su mirada vacía hacia el frente, puesto que aún no poseía prácticamente contenido espiritual. Tenía forma, cuerpo y facciones, pero su alma estaba prácticamente vacía. Arrodillada y aún con lágrimas en los ojos me dirigí a él, mirando sus profundos ojos claros de color violeta:

- Parecía que nunca llegarías a existir, a tener vida propia - con cuidado tomé su mano- . Aún no aprecias o eres capaz de distinguir la calidez de un abrazo o del cariño que expreso al tomar tu pequeña mano, pero lo terminarás apreciándo y siendo consciente de ello.

Moria dirigió sus grandes ojos hacia los míos y fijó su vista de forma inquietante. Yo le sonreí. La gente no podía saber que yo había creado a Moria. Aquel radiante y divino ser era mi creación. Era la perfección en sí  misma. Si descubrían cómo había sido creado, tratarían de destruirlo. Moria no podía compararse a ningún ser humano, era algo divino, era fruto del esfuerzo y de la soledad. Los humanos odian y envidian todo aquello que les supera y que es mejor que ellos. Su envidia les corroe la sangre y sólo por sentir tal cosa, son capaces de legitimar miles de atrocidades. Su condición humana era aberrante y repulsiva. Yo no podría vivir por la eternidad, pero Moria sí, así que debería de enseñarle muy cuidadosamente a protegerse de la humanidad. 

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